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Nam-myoho-renge-kyo

¿Saben lo qué hago para calamarme? Voy a la Iglesia, pero no a cualquier Iglesia, voy a la catedral.

Me serena a un punto donde puedo volver a poner las cosas, en mi mente, en su lugar. Me tranquiliza a tal punto que puedo volver a pensar.

Es como mi zen, o, la pastillita azul que te da el psiquiatra. ¡Ojo!, nunca tuve la necesidad de ir, por ahora, al psiquiatra; pero tengo tantas amigas mujeres que por estadística es razonable conocer a una que otra con ciertas patologías.

Cuando llego a la catedral por lo general lo hago alborozada. Así que, en un medio donde me voy calamando y las ideas hacen demasiado alboroto al acomodarse: ahí es donde absurdamente pienso cada detalle que me la hacen comparar con una biblioteca.

Las personas van a leer y a estudiar; yo a calamarme. La gente normal va a la catedral a rezar (claro, que siempre estan los turistas odiosos), a agradecer, o a profesar su devoción; yo a calmarme.

Qué puedo decirles soy una mujer encantadora!

Pero sí, las Iglesias me recuerdan mucho a la bibliotecas.  El olor a viejo, el silencio imperioso con un cuchicheo tan bajo que parece venir de otra galaxia (ya les había dicho que me gustan la hipérboles), el crujir de las cosas dando la sensación de que tuvieran vida propia, los suspiros desencajados. La expresión: ¡Por Díos!, en tono de suplica. Los muebles antiguos comidos por las termitas, el cura con el seño fruncido la bibliotecaria con el seño fruncido, las aves que hacen nido en lo mas alto del techo, el caminar sigiloso,  el frio que no molesta...y así sigo hasta que me doy cuenta que los pensamientos intensos no estan martillando más mi mente. Entonces soy yo la que suelta un suspiro de alivio.

No sé si creo en esta religión, pero me hace bien meterme a una Iglesia de vez en cuando. No miro al sujeto crucificado, ni analizó cuanta veracidad hay en la historia que narran. Yo simplemete entro, me siento y un proceco en mí comienza sin que sea plenamente consciente.

Lo hice está semana y mientras en el recinto reinaba el silencio por el contrario tenía en mi mente la entonación del Nam-myoho-renge-kyo.

Recientemente practico el budismo; cantar quince minutos a la mañana y quince a la noche. Sé que suena medio a huevada, pero me hace bien, y yo, mis queridos, hago todo aquello que me hace bien. Es mi mas espléndido encanto, porque no todos tienen el valor para hacerlo.

La vergüenza, los prejuicios, darle mas importancia al cotilleo, son algunas de las razones mas absurdas por lo que la gente deja de hacer lo que le hace bien. ¡Que tontera!

Llegado a este punto seriamente me pregunto si alguien leera lo que escribo. En serio ¿alguien? ¡¿Hay alguien ahí?!

Volviendo con el budismo llegue a él por medio de una amiga. El primer día cante, el segundo...y ya llevó casi un mes.

En principio debo decirles que soy una persona odiosamente positiva, pero soy humana y eso significa que tambien me caigo.
Cantar estas semanas para mí fue como revolución, llore y reí tantas veces en una semana que creí seriamente que me estaba volviendo loca, pero antes de que crean que es algo malo les digo: 'lejos de eso' es la realidad.

Porque todas esas emociones, que yo disimulaba para ser políticamente correcta, me estaban lastimando suspicasmente por mantenerlas encerradas.

Y a la mañana despues de cantar el daimoku: NAM-MYOHO-RENGE-KIO, me siento ridículamente liviana, lo que es genial. Por eso lo hago porque me hace bien. Aún cuando no puedo entender del todos los motivos.

Es el encanto, no sólo de la mujer, de los humanos; nuestra indescriptible humanidad. Nuestro más bello encanto. ¿a qué sí?

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